Cuando Bad Bunny incorporó La Casita en sus conciertos, muchos asumieron que era simplemente otro elemento decorativo dentro de un show monumental. Sin embargo, pronto quedó claro que ese pequeño hogar de madera no estaba ahí para embellecer el escenario, sino para incomodar, provocar y recordar. La Casita funciona como un statement visual: un símbolo de lo que miles de puertorriqueños han perdido ante la gentrificación, de los vecinos desplazados, de las abuelas que resisten para no abandonar su barrio, de comunidades enteras que luchan por quedarse donde siempre han pertenecido.
Ese peso simbólico explica la conversación que se desató en México cuando La Casita apareció colocada en General B, lejos de las zonas más caras del venue. A primera vista, la decisión pareció extraña e incluso injusta para quienes habían pagado boletos más costosos. Pero ahí estaba la esencia del mensaje: La Casita no representa privilegio, sino marginación. No es un adorno aspiracional, sino un recordatorio de quienes suelen quedar relegados, tanto en la vida cotidiana como en la experiencia de un concierto.
El enojo surgió por expectativas rotas. Muchos fans imaginaban que la pieza icónica del show estaría en el centro del recinto, accesible para la foto perfecta. Pero colocarla entre quienes pagaron menos no fue un error logístico, sino una declaración: La Casita está con quienes rara vez son vistos, con quienes la industria —y a veces la sociedad— empuja a los márgenes.
A diferencia de otros espectáculos donde el valor visual se concentra en las zonas premium, aquí el contraste amplificó el significado. La puesta en escena invitó a mirar hacia atrás, hacia los espacios menos favorecidos, para recordar de qué trata realmente la narrativa que Bad Bunny ha construido en torno a su trabajo: raíces, resistencia y comunidad.
Gusten o no las decisiones de producción, el mensaje permanece firme. La Casita habla del hogar perdido, del que se defiende, del que se sueña recuperar. Y también de la gente que, incluso dentro de un concierto, suele quedar hasta atrás… pero esta vez estuvo al frente del discurso.


